Ahora sé muy bien lo que me gusta y lo que no. Y no lo pongo fácil: como no tengo mucha hambre, si no me gusta lo que me ofrecen para comer, los mando a cascala. Y aquí estoy, escrutinando el trocito y pensando si lo aceptaré o no.
Y mis papás rezando disimuladamente para que no salga inmediatamente por los aires.
Aunque ahora se nos da mejor el comer a todos, luego siempre tiene que venir "el camión escoba de Marcos", como lo han bautizado, a recoger los trocitos y cucharas del suelo.
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